En las vísperas de la Natividad de María, fue Ella y nuestro Señor quienes nos hicieron un significativo regalo: A casi un año de la aprobación, por parte del Obispo de Avellaneda-Lanús Rubén Frassia, de la celebración de Misas en el Lugar de Encuentro con Dios, tuvimos la gracia de realizar la Adoración al Santísimo Sacramento del Altar. Un paso más para la Misión de María en Lanús. ¡Gracias Señor y Dios nuestro, por amarnos tanto!
LAS OFRENDAS DE LA MISA...
EL SANTÍSIMO Y LA GENTE...
Señor mío Jesucristo, que por amor a los hombres estás noche y día en este Sacramento, lleno de piedad y de amor, esperando, llamando y recibiendo a cuantos vienen a visitarte: creo que estás presente en el sacramento del altar. Te adoro desde el abismo de mi nada y te doy gracias por todas las mercedes que me has hecho, y especialmente por haberte dado tu mismo en este Sacramento, por haberme concedido por mi abogada a tu amantísima Madre y haberme llamado a visitarte en esta Iglesia. Adoro ahora a tu Santísimo Corazón y deseo adorarlo por tres fines: el primero, en acción de gracias por este insigne beneficio; en segundo lugar, para resarcirte de todas las injurias que recibes de tus enemigos en este sacramento; y finalmente, deseando adorarte con esta visita en todos los lugares de la tierra donde estás sacramentado con menos culto y abandono.
ESTAMOS TODOS INVITADOS. MARÍA DEL ESPÍRITU SANTO ESTÁ ALLÍ PRESENTE, COMO CADA DÍA 7.
PREPAREMOS NUESTROS CORAZONES, PARA RECIBIR DIGANMENTE A JESÚS EUCARISTÍA. PREPAREMOS NUESTRAS ALMAS PARA EL MANTO DE LA VIRGEN ABRIGUE NUESTRO SER Y DESCUBRAMOS LA VERDADERA FELICIDAD.
NO OLVIDEMOS LLEVAR ALIMENTOS NO PERECEDEROS ( LOS MISMOS QUE CONSUMIRÍAMOS EN CASA ) Y/O ROPA EN BUEN ESTADO ( LA MISMA QUE USARÍAMOS CADA UNO DE NOSOTROS ) PARA LAS OBRAS DE CARIDAD DE LA PARROQUIA DEL PADRE JORGE.
Y EL CENÁCULO NOS HA PEDIDO LLEVAR ROSARIOS QUE SERÁN REGALADOS EN LA GRAN FIESTA QUE SE HARÁ EL 7 DE NOVIEMBRE.
SANTA MARÍA DEL ESPÍRITU SANTO, RUEGA POR NOSOSTROS.
¿Por qué celebramos en Septiembre el Mes de la Biblia?
Porque en un día 26 de Septiembre de 1569, se termina de imprimir totalmente la Biblia en español llamada “Biblia del Oso”. Fue traducida por Casiodoro de Reina. En esa oportunidad salieron 260 ejemplares en Basilea, Suiza. De ese acontecimiento hace ya 434 años. La tapa esta Biblia tiene un oso comiendo miel desde un panal, por esa razón se le llama “Biblia del oso”. La Iglesia nos invita a renovar nuestra formación bíblica y llevar a la práctica una lectura orante de la Palabra de Dios.
La Palabra de Dios es luz, en muchos oscuros corazones del mundo de hoy.
¿Qué es la Revelación?
La revelación es la manifestación que Dios ha hecho a los hombres de Sí mismo y de aquellas otras verdades necesarias o convenientes para la salvación eterna.
¿Dónde se encuentra la Revelación?
La Revelación -también llamada Doctrina cristiana o Depósito de la fe- se encuentra en la Sagrada Escritura y en la Tradición.
¿A quién fue confiada la Revelación?
Jesucristo confió la Revelación a la Iglesia Católica. Por medio de sus Apóstoles, por tanto, sólo la Iglesia tiene autoridad para custodiarla, enseñarla e interpretarla sin error.
¿Qué es la Sagrada Escritura?
La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios puesta por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo. Al conjunto de los libros inspirados lo llamamos Biblia.
¿Qué es la Tradición?
La Tradición es la Palabra de Dios no contenida en la Biblia, sino transmitida por Jesucristo a los Apóstoles y por éstos a la Iglesia.
Las enseñanzas de la Tradición están contenidas en los Símbolos o Profesiones de la fe (por ejemplo, el Credo), en los documentos de los Concilios, en los escritos de los Santos Padres de la Iglesia y en los ritos de la Sagrada Liturgia.
¿Quién es el Autor de la Biblia?
El Autor principal de la Biblia es Dios. El autor secundario o instrumental de la Biblia es el escritor sagrado o hagiógrafo. Por ejemplo, Moisés, el profeta Isaías, San Mateo, San Pablo, etc.
¿Qué es la Inspiración bíblica?
La inspiración bíblica es una gracia específica que concede el Espíritu Santo, por la cual el escritor sagrado es movido a poner por escrito las cosas que Dios quiere comunicar a los demás hombres.
¿Cuáles son las propiedades de la Biblia?
Las propiedades de la Biblia son:
- La Unidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, y entre todas las partes de todos los libros.
- La Inerrancia (no contiene errores en lo que atañe a nuestra salvación) y la Veracidad (contiene las verdades necesarias para nuestra salvación).
- La Santidad (procede de Dios, enseña una doctrina santa y nos conduce a la santidad).
¿Cómo se divide la Biblia?
La Biblia se divide en dos partes: Antiguo y Nuevo Testamento. A su vez los libros del Antiguo y Nuevo Testamento se dividen en: libros históricos, didácticos y proféticos. Y cada libro se divide en capítulos y versículos.
¿Qué contiene el Antiguo Testamento?
El Antiguo Testamento contiene los libros inspirados escritos antes de la venida de Jesucristo. Son 46. Los libros históricos del Antiguo Testamento son 21: Génesis, Exodo, Levítico, Números, Deuteronomio (que forman el Pentateuco), Josué, Jueces, Ruth, I y II Crónicas o Paralipómenos, I y II Esdras (el 2º llamado también Nehemías), Tobías, Judit, Esther, I y II Macabeos.
Los libros didácticos del Antiguo Testamento son 7: Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Sabiduría y Eclesiástico.
Los libros proféticos del Antiguo Testamento son 18: Los cuatro Profetas Mayores: Isaías, Jeremías (con Lamentaciones y Baruc), Ezequiel, Daniel, y los doce Profetas Menores: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías.
¿Qué contiene el Nuevo Testamento?
El Nuevo Testamento contiene los libros inspirados escritos después de la venida de Jesucristo. Son 27. Los libros históricos del Nuevo Testamento son 5: Los cuatro Evangelios (según San Mateo, San Marcos, San Lucas, San Juan) y los Hechos de los Apóstoles.
Los libros didácticos del Nuevo Testamento son 21: Las 14 Epístolas o Cartas de San Pablo: Romanos, I y II Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, I y II Tesalonicenses, I y II Timoteo, Tito, Filemón y Hebreos.
Las 7 epístolas o Cartas llamadas católicas son: I y II de San Pedro: I, II y III de San Juan, la de Santiago y la de San Judas.
El único libro profético del Nuevo Testamento es el Apocalipsis de San Juan.
¿Qué es el Canon bíblico?
El Canon bíblico es el catálogo de los setenta y tres libros del Antiguo y del Nuevo Testamentos que forman la Biblia y que la Iglesia ha declarado como divinamente inspirados.
¿En qué período se escribió la Biblia?
Los libros del Antiguo Testamento fueron escritos entre el siglo XV y el siglo II antes de Cristo.
Los libros del Nuevo testamento fueron escritos en la segunda mitad del siglo I. Los Libros Sagrados se escribieron al principio en papiro y más tarde en pergamino. El papiro es una planta que abunda en Egipto, el pergamino es una piel de cabrito que permite escribir por las dos caras.
Originalmente la Biblia estaba en rollos, es decir, largas fajas de papiro o de piel unidas en los extremos a dos bastones en torno a uno de los cuales giraba.
¿Qué es la Hermenéutica bíblica?
La Hermenéutica bíblica es la ciencia que trata de las normas para interpretar rectamente los Libros Sagrados. La Iglesia Católica es la única capacitada para interpretar auténticamente (con pleno derecho y sin posibilidad de equivocarse) la Sagrada Escritura porque Dios le confió solamente a Ella la misión de guardar, enseñar y aclarar a los fieles su Palabra.
¿Qué otras Biblias existen?
Además de la Biblia católica, que es la única completa y verdadera, existen la Biblia Hebrea y las Biblias protestantes. La Biblia Hebrea sólo contiene treinta y nueve libros del Antiguo Testamento. Por tanto, rechazan siete libros del Antiguo Testamento y todos los del Nuevo Testamento que forman la Biblia católica. Los protestantes, por su parte, admiten solamente el "libre examen" es decir, que cada uno ha de leer e interpretar la Biblia a su manera, sin necesidad de someterse a la autoridad de la Iglesia. A las Biblias protestantes les suprimieron algunos libros que están en la Biblia católica; además en los libros que conservan, modifican algunas palabras para apoyar sus ideas erróneas. Además, carecen de notas y comentarios, no tienen aprobación de la autoridad de la Iglesia; muchas son editadas por las "Sociedades Bíblicas", algunas dicen: "Versión del original llevado a cabo por Cipriano de Valera y C. Reyna"; la mayoría de ellas suprime varios libros del Antiguo Testamento (Sabiduría, Judit, Tobías, Eclesiástico, I y II Macabeos, entre otros) y algunas también suprimen libros del Nuevo (Epístolas de Santiago, de San Pedro y de San Juan).
¿Puede leerse cualquier Biblia?
No. Porque puede contener errores doctrinales o morales. Para evitar esos errores, un católico sólo debe leer Biblias con notas y explicaciones aprobadas por la Iglesia Católica, es decir, que tengan "Nihil Obstat" e "Imprimatur".
¿Cómo leer la Biblia?
La Iglesia recomienda la lectura de la Biblia porque es alimento constante para la vida del alma; produce frutos de santidad, es fuente de oración, gran ayuda para la enseñanza de la doctrina cristiana y para la predicación. El Concilio Vaticano II "exhorta a todos los fieles con insistencia a que, por la frecuente lectura de las Escrituras, aprendan la ciencia eminente de Cristo" (Constitución Dei Verbum, n. 25). Las disposiciones que se deben tener para leer y estudiar la Biblia son: fe y amor a la Palabra de Dios, intención recta, piedad y humildad para aceptar lo que Dios dice. Es recomendable leer los Evangelios diariamente durante unos cuantos minutos. San Jerónimo dice "Lee con mucha frecuencia las divinas Escrituras; es más, nunca abandones la lectura sagrada". A la luz de las enseñanzas de la Iglesia, la Biblia nos permite conocer el modo de salvanos y reconciliarnos, y eso sólo puede lograrse conociendo, amando y encarnando la vida de Jesucristo.
Pidámosle a Santa María del Espíritu Santo, que inunde nuestros corazones de ese mismo Espíritu que nos conduzca a fortalecer nuestro vínculo cotidiano con la Palabra de Dios Viva.
María mi buena madre… andas rondando mi casa, te acercas hasta mi puerta, me quieres dar de tu gracia.
Tus manos se extienden madre en dirección a la tierra y rayos de luz y amor se desprenden como ofrenda.
( DESDE EL MEDIODÍA EL CIELO INVITÓ A PEREGRINAR A LA PLAZA DE LA VIRGEN DE LANÚS )
¿Sabes? pienso mucho en ti, en lo que dijiste un día, que esos rayos luminosos que envías sobre nosotros en esta tierra se pierden porque nuestros corazones desprecian el amor que ofreces.
María, virgen milagrosa, te descubro tan humilde, tan sencilla, tan humana, tan preocupada por mí. Un día y otro día sigues enviando tu gracia; no estás contenta en el cielo porque una parte de ti se ha quedado en este mundo: son tus hijos peregrinos que cuidarás hasta el fin.
( EL CIELO ANTES DE LAS 17 HS. Y DESPUÉS DE LAS 17 HS., MOMENTO EN EL QUE DE RODILLAS ESPERAMOS A LA MADRE QUE SE HACE PRESENTE CADA 7 EN ESTE LUGAR DE ENCUENTRO CON DIOS )
Me duele la ingratitud de tantos corazones que no quieren conocerte, que conociéndote no te aman, y sabes que mi corazón no termina de descansar en tu amor y en tu mirada.
Porque aunque me conmuevo y lloro de amor por ti, mi vida no te refleja, es solo un rayito tenue de tu dulce resplandor, que se aviva con la fe y resiste en la oración.
CADA DÍA 7, SANTA MARÍA DEL ESPÍRITU SANTO NOS INVITA A ACERCARNOS A JESÚS: VIVO Y PRESENTE EN LA EUCARISTÍA.
Concédeme ser un hilo, limpio, puro y transparente de toda esa luz tan grande que de tus manos se desprende. Con tu ayuda y tu paciencia seré tu chispa de luz y de tu luminosidad daré a todos mis hermanos aquellos que encuentre madre En mi sendero pequeño. ¡Mi deseo y mi plegaria recibe hoy en el cielo!
• NO DEJEN DE VER LOS VIDEÍTOS, AMBOS CON MÚSICA.
CADA DÍA 7, LA VIRGEN DE LANÚS NOS ESPERA Y NOS BENDICE.
Estamos viviendo un tiempo de gracia que Dios nos concede, tiempo de misericordia que hay que aprovecharlo para volver a Dios, y si ya estamos en el buen camino, entonces es tiempo de profundizar más en la fe y en la conversión. Porque uno nunca está completamente convertido, sino que siempre puede avanzar un poco más por el camino de perfección.
San Pablo escribe que «allí donde abundó el pecado sobreabundó la gracia». Cristo decía a los apóstoles: «Tened confianza, Yo he vencido al mundo» (Juan 16,33). Pero también preguntaba: «El Hijo del hombre, cuando venga, ¿encontrará aún fe sobre la tierra?» (Lucas 18,8).
Cristo se entregó a María como hijo, y al entregarse como hijo a Ella para que fuese su Madre, quiso que fuese la nuestra para que nosotros, como El, nos entregásemos a Ella.
Esta es una maternidad real, y para que la ejerciera Dios concedió a María todo. Por eso es mediadora de todas las gracias, omnipotencia suplicante. Cristo nos ha hecho hijos adoptivos del Padre e hijos adoptivos de su Madre.
El alma cristiana goza en decir a Dios Padre y en decirle a María Madre. Hijos de Dios, niños de Dios, hijos de María, niños de María.
Es por esa maternidad santa que María nos llama de todas las maneras posibles, es por esa maternidad santa que desde 1999 María viene a Lanús para congregar a sus hijos bajo Su amparo, y llevarnos hacia la plenitud eterna que es la Gloria de Dios. Esta Madre paciente, generosa, humilde, y sabia, nunca descansará hasta que sus niños estemos reunidos en Su Inmaculado Corazón. Por eso cada día 7 viene a abrazarnos, a recoger nuestras oraciones y elevarnos hasta Su hijo, que con ansias nos espera para derramar sobre nosotros Su Amor y misericordia, transformando nuestras vidas.
Por eso Ella estará también este sábado 7 de agosto en el Lugar de Encuentro con Dios. Es una cita que todos tenemos con nuestra Madre, la Madre de Dios, la Reina de todo lo creado, quien nos estará esperando.
Dejemos que esta Madre de conversión de las almas habite en nuestros corazones, haciendo todo lo que a través del amor se puede lograr. Convoquemos a la familia y amigos, para que se cumpla también en ellos las palabras del apóstol y que abunde en ellos la gracia. Y así, cuando venga nuestro Señor, encuentre fe sobre la tierra.
Esta peregrinación puede señalar el camino del cielo para muchos. Con él cumplimos con el mandamiento principal de la Ley: “Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”… y a tu prójimo como a ti mismo.
Dios merece ser amado por ser nuestro Sumo Bien, y con este acto de amor damos a Dios lo más importante que tenemos, nuestras almas y corazón.
La Virgen en todos sus mensajes nos llama a la conversión urgente, porque Ella sabe que de ello depende nuestra salvación eterna.
No dejemos pasar más tiempo y comencemos a vivir en serio la vida cristiana, porque no sabemos de cuánto tiempo disponemos para volver a Dios o perfeccionarnos en la virtud.
Las oraciones, y la Misa que se realizarán en este santo lugar, contará con la mejor compañía que podamos tener en nuestras vidas: la de María y Jesús.
No se olviden: sábado 7 de agosto, en la Plaza Auyero de Lanús Este, calle Arias y Salta.
¡Todo un día para María y Jesús, toda una vida transformada!
¿Podremos oír sin temblar, de boca del mismo Dios, una tal sentencia, proferida contra un obispo que parecía cumplir perfectamente todos los deberes de un digno ministro de la Iglesia? Su vida era reglada, no malgastaba sus bienes. Lejos de tolerar los vicios, se oponía a ellos con tesón; en nada daba mal ejemplo, y su vida parecía digna de ser imitada.. Sin embargo, a pesar de todo esto, vemos que el Señor le advierte, por ministerio de San Juan, que, si continúa viviendo de aquella manera, le rechazará, esto es, le castigará y reprobará. Tanto más espantoso es este ejemplo cuanto son muchísimos los que siguen tal camino, viven del mismo modo, y tienen su salvación muy insegura. Cuán grande es el número de que a los ojos del mundo no son tenidos por pecadores reprobados, ni pertenecen tampoco a los escogidos! ¿Por cual de esos caminos andamos? ¿Seguimos la recta vía? Lo que más debe espantarnos es que no lo sabemos. ¡Horrible incertidumbre! Probemos, sin embargo, de investigar si sois tan desgraciados que pertenezcáis al número de los tibios. Voy, pues: 1.° A mostraros las señales por las cuales podréis conocerlo, y 2.° Si pertenecéis a tal clase, os indicaré los medios de salir de ella.
I.- Al hablaros hoy del estado espantoso de un alma tibia, no es mi propósito haceros la pintura horrible y desesperante del alma que vive en pecado mortal, sin deseos de salir de él: esta pobre desgraciada es una víctima de la cólera de Dios para la otra vida. Al hablaros del alma tibia, no quiero referirme tampoco a los que no confiesan ni cumplen la Pascua. Dejémoslos en su ceguera, ya que en ella quieren permanecer. Pero me dirá alguno, ¿es que aquellos que se confiesan, cumplen la Pascua y comulgan con frecuencia, no se salvarán? Cierto que no todos, amigo mío; pues, si se salvasen la mayoría de los que frecuentan los sacramentos, habríamos de convenir en que el número de los escogidos no es tan pequeño como realmente será. Sin embargo, reconozcámoslo: cuantos tengan la dicha de llegar al cielo, serán escogidos entre los que frecuentan los sacramentos, más nunca entre los que ni cumplen la Pascua ni se confiesan.
-¡Ah!, me dirás entonces, si todos ellos que no se confiesan ni cumplen la Pascua se condenan, grande será el número de los réprobos!
-Si, no hay duda que será grande. Y por más que digas, si vives como pecador, serás también contado en ese número. Mas ¿no te hace temblar tal pensamiento? Si no llegaste al último grado de endurecimiento, al pensar en esto debieras estremecerte. ¡Dios mío!, ¡cuán desdichada la persona que ha perdido la fe! Lejos de aprovecharse de estas verdades, esos pobres ciegos se burlarán de ellas; y, no obstante, digan lo que digan, pasará lo que yo os anuncio; sin confesión ni cumplimiento pascual, no habrá cielo ni felicidad eterna. ¡Dios mío!, ¡cuán horrible ceguera la del pecador!
No entiendo tampoco por alma tibia la que quisiera pertenecer al mundo sin empero dejar de ser de Dios: la que ahora veréis postrarse delante de Dios, su Salvador y Maestro, y más tarde la veréis postrarse ante el mundo, su ídolo. ¡Pobre ciego, el que tiende una mano a Dios y otra al mundo, llamando a los dos en su auxilio, prometiendo a ambos su corazón! Ama a Dios, o a lo menos quiere amarle; pero también quisiera Sagrada al mundo. Cansado de esforzarse en ser de ambos, acaba importa entregarse exclusivamente al mundo. Vida extraordinaria la suya, la cual nos ofrece tan singular espectáculo, que uno no llega a convencerse de que se trate de la vida de una misma persona. Voy a mostraros ese espectáculo de una manera tan clara, que tal vez muchos de vosotros os tendréis por ofendidos; mas ella poco importa, yo os diré siempre lo que debo.
Digo que aquel que quiere ser del mundo sin dejar de pertenecer a Dios lleva una vida tan extraordinaria, que las diferentes circunstancias que la rodean son difíciles de conciliar. Decidme: ¿os atreveríais a creer lo que esa joven que veis en esas partidas de placer, en esas reuniones mundanas, en las que siempre triunfa el mal en daño del bien, entregándose a todo cuanto puede desear un corazón maleado y pervertido, es la misma que, no hace aún quince días o un mes, visteis postrada ante el tribunal de la Penitencia, confesando sus culpas, haciendo ante Dios protestas de estar dispuesta a morir antes que recaer en pecado? ¿No es aquella misma que visteis acercarse a la Sagrada Mesa con los ojos bajos y la plegaria en los labios? ¡Dios mío!, ¡qué horror! ¿Podremos pensar en ello sin morir de compasión? ¿Creeréis que aquella madre que, hará unas tres semanas, enviaba a su hija a confesarse y, muy razonablemente, le recomendaba que considerase seriamente lo que iba a hacer, y al mismo tiempo le entregaba un rosario o un libro; hoy la instiga a ir a un baile? Decidme: ¿ no es esa persona que esta mañana estaba en el templo cantando las alabanzas del Señor, la misma que ahora emplea aquella misma lengua en cantar canciones infames y sostener las más torpes conversaciones? ¿No es éste aquel dueño o padre de familia que no ha mucho estaba oyendo la Santa Misa con gran reverencia, cual si quisiese emplear muy santamente el domingo, el mismo que ahora está trabajando y haciendo trabajar a toda su dependencia?
Dios mío!, ¡qué horror! ¿Cómo pondrá Dios todo esto en orden el día del juicio? ¡Ay!, cuántos cristianos condenados! Y digo más: aquel que quiere agradar al mundo y a Dios, lleva una vida de las más desdichadas. Ahora vais a ver cómo. Ved aquí una persona que frecuenta los placeres, o que ha contraído algún mal hábito; lo .cuál no ha de ser su temor mientras cumple sus deberes religiosos, es decir, mientras ora, se confiesa o comulga? No quisiera ser vista de aquellos con quienes danzó, en cuya compañía pasó las noches en la taberna, y con los cuales se entregó a toda suerte de desórdenes. Ha llegado hasta a engañar a su confesor, ocultándole lo peor de sus culpas, y de esta manera ha obtenido permiso para comulgar, o mejor, para cometer un horrendo sacrilegio; su gusto sería comulgar antes o después de la Santa Misa, o sea cuando en la iglesia no hay nadie. Aunque también le complace ser vista de las personas buenas, que ignoran su mala vida, v a las cuales espera hacer concebir ventajosa opinión de sí misma. Con las personas piadosas habla de religión, mas con la gente irreligiosa sólo se ocupa de placeres mundanos. Se avergonzaría de cumplir sus prácticas religiosas delante de los compañeros o compañeras de sus desórdenes. Es esto tan cierto, que un día alguien llegó a pedirme que le diese la sagrada comunión en la sacristía, para que no le viese nadie. ¡Qué horror! ¿Podremos considerar sin estremecernos tal manera de proceder?
Mas sigamos adelante, y veremos los apuros v compromisos de esas personas que quieren seguir al mundo, sin dejar tampoco a Dios, a lo menos en apariencia. He aquí que se acerca el tiempo del cumplimiento pascual. Es preciso ir a confesar; no es que lo deseen, ni que de ello sientan necesidad; antes, a ser posible, quisieran que la Pascua viniese sólo cada treinta años. Mas sus padres conservan aun la practica exterior de la religión, y se hallan satisfechos al ver que sus hijos se acercan a la Sagrada Mesa, y casi los fuerzan a confesarse: en lo cual no obran bien, por cierto. Rueguen por ellos enhorabuena, más no los inquieten, para llegar por fin a un sacrilegio. Para librarse de la importunidad de sus padres, para salvar 1as apariencias, esas personas se confabularan para tratar del confesor de quien mejor puedan esperar el ser absueltas la primera a la segunda vez.
«He aquí, dirá uno, que hace ya muchos días que mis padres me están importunando para que vaya a confesar. ¿Donde iremos, pues?» – «No podemos ir a nuestro párroco, pues es muy escrupuloso, y no nos dejaría cumplir la Pascua. Iremos a ver a Fulano. El absolvió a esos y aquellos, que ciertamente llevan realizadas más hazañas que nosotros». Otro dirá: «Te aseguro que, si no fuese por mis padres, no cumpliría el precepto pascual; pues el catecismo nos dice que, para hacer una buena confesión, es preciso dejar el pecado y las ocasiones de pecar, y nosotros no hacemos ni la uno ni lo otro. Háblote sinceramente, me hallo muy apurada cada vez que llega la Pascua. Estoy deseando estar colocada, para dejar definitivamente esa vida de doblez. Entonces haré una confesión de toda mi vida, para reparar las que ahora estoy haciendo; de lo contrario, no moriría contenta».
- «A mi parecer, le contestara su interlocutora, deberías volver al mismo con quien te confesaste hasta el presente, pues te conocerá mejor »
-«¡Ah!, eso si que no; iré al otro que no me quiso absolver, porque no quería llevarme a la condenación ».
- «¡Ah; tonta!, ¿que importa eso?, todos tienen el mismo poder».
- «Esto es lo que se dice cuando se esta bueno y se mira la muerte de lejos; más, en cuanto una se pone enferma, ve las cosas de muy distinta manera. Fui un día a visitar a Fulana, que estaba muy enferma; me dijo que jamás volvería a confesarse con aquellos sacerdotes tan fáciles de absolver, pues, queriéndoos salvar, os arrojan al infierno». Mirad de qué manera se portan esos pobres ciegos. «Padre mío, dicen al sacerdote, vengo a confesarme con usted porque nuestro párroco es demasiado escrupuloso. Quiere hacernos prometer cosas que no podemos cumplir; quisiera él que fuésemos santos, y esto no es posible en este mundo. Quisiera que nunca pusiésemos el pie en una sala de baile, que nunca frecuentásemos las tabernas y casas de juego. Si alguien ha contraído algún mal habito, no concede la absolución hasta que se haya enmendado en absoluto. Si debiésemos seguir sus ordenes, jamás podríamos cumplir la Pascua. Mis padres, que son muy religiosos, siempre me están importunando porque no cumplo la Pascua. Haré cuanto pueda, pero es imposible asegurar que jamás volveré a las diversiones citadas, pues uno no sabe en qué ocasiones se ha de encontrar» .
- ¡Ah!, le dirá el confesor, engañado por ese lenguaje, bien veo que tu párroco es un poco escrupuloso. Reza el acto de contrición ; yo te absolveré, más procura ser bueno. Esto es, inclina la cabeza; vas a hollar la Sangre adorable de Jesucristo, vas a vender a tu Dios, como Judas le vendió a sus verdugos y mañana comulgaras, o mejor, le crucificaras. ¡ Horror! ¡Abominación! ¡Anda, infame Judas, anda a la Sagrada Mesa; ve a dar muerte a tu Dios y a tu Salvador! Deja clamar a tu conciencia; mira de ahogar los remordimientos en cuanto te sea posible.
Más yo me extiendo demasiado; dejemos a esos pobres ciegos en las tinieblas donde moran.
Pienso que estáis deseando saber en que consiste el estado de un alma tibia. Pues vedlo aquí: El alma tibia no esta aun absolutamente muerta a los ojos de Dios, ya que no están enteramente extinguidas en ella la fe, la esperanza y la caridad, que constituyen su vida espiritual. Pero su fe es una fe sin celo; su esperanza, una esperanza sin firmeza, y su caridad, una caridad sin ardor. Voy ahora a pintaros el retrato de un cristiano fervoroso, esto es, de un cristiano que desea verdaderamente salvar su alma, en parangón con el de una persona que lleva una vida tibia en el servicio de Dios. Pongámoslos uno al lado del otro, y podréis ver a cual de los dos os asemejáis. El buen cristiano no se contenta con creer todas las verdades de nuestra santa religión, sino que además las ama, las medita, busca todos los medios para penetrarlas mejor; le gusta oír la palabra de Dios; cuanto, más la oye, mayores deseos tiene de volver a oírla, pues desea aprovecharse de ella, esto es, evitar todo cuanto Dios le prohíbe, y practicar todo cuanto Dios le manda. No solamente cree que Dios ve todas sus acciones y las juzgara a la hora de la muerte, sino que además tiembla cuantas veces le viene el pensamiento de que un día habrá de dar cuenta de toda su vida ante Dios. Y no se contenta con pensar y temer, sino que todos los días trabaja en enmendarse, todos los días inventa nuevas maneras de mortificarse; tiene en nada todo cuanto ha hecho hasta el presente; se lamenta de haber perdido un tiempo precioso, durante el cual hubiera podido atesorar grandes riquezas para el cielo.
¡Cuan diferente es el cristiano que vive en la tibieza! No deja de creer todas, las verdades que la Iglesia enseña, más de una manera tan débil, que en ella casi no toma parte su corazón. No duda de que Dios le ve, de que esta siempre en su santa presencia; pero, a pesar de ese pensamiento, no es ni más bueno ni menos pecador; cae en pecado con tanta facilidad cual si no creyese en nada; esta muy persuadido de que, mientras viva en tal estado, es enemigo de Dios; más no por eso sale del mismo. Sabe que Jesucristo dio al sacramento de la Penitencia el poder de perdonar nuestros pecados y de acrecentar nuestra virtud. Sabe que dicho sacramento nos concede gracias proporcionadas a las disposiciones con que nos acercamos a recibirlo más no importa: la misma negligencia, la misma tibieza en la practica. Sabe que Jesucristo esta real y verdaderamente en el sacramento de la Eucaristía, alimento absolutamente necesario para su alma; sin embargo, ¡mirad cuan poco desea recibirlo! Sus confesiones y comuniones no son frecuentes; solamente se determina con ocasión de alguna gran festividad, de un jubileo, de una misión; o bien va para no distinguirse de los demás, pero no para alimentar su pobre alma. No solamente no trabaja para merecer una tal dicha, sino que ni tan solo envidia la suerte de los que se acercan frecuentemente a gustar de sus dulzuras. Si le habláis de las cosas de Dios, os responderá con una indiferencia que muestra bien a las claras cuan insensible sea su alma a los bienes que nos puede proporcionar nuestra santa religión. Nada le conmueve: escucha la palabra de Dios, es cierto, pero no es raro el caso en que se fastidie; la escucha con pena, por costumbre, cual una persona que cree saber ya bastante, y portarse lo suficientemente bien para no necesitar tales instrucciones. Las oraciones demasiado largas le molestan. Su espíritu esta aun absorbido por las obras que acaba de ejecutar, o por las que va a comenzar terminada la oración ; se fastidia tanto, que su pobre alma parece estar en la agonía vive aun, pero ya no es capaz de hacer nada en orden al cielo.
La esperanza del buen cristiano es firme; su confianza en Dios es inquebrantable. Nunca pierde de vista los bienes y los males de la otra vida, tiene siempre presente en su espíritu el recuerdo de los sufrimientos de Jesucristo; su corazón casi no se ocupa de otra cosa. Unas veces piensa en el infierno, para considerar la magnitud del castigo que el pecado merece, y la desgracia de quien lo comete, lo cual le dispone a preferir la muerte al pecado; otras veces, para excitarse al amor de Dios y para sentir la grandeza de la dicha de quien ama más a Dios que a todas las cosas, fija su pensamiento en el cielo, y se representa la magnitud del premio de quien lo deja todo por Dios. Entonces solo desea a Dios, solo quiere a Dios: nada valen para él los bienes de este mundo; le gusta verlos despreciados, y los desprecia el mismo; los placeres mundanos le causan horror. La muerte no le atemoriza, pues sabe muy bien que solo ella puede librarle de los males de esta vida y juntarle con Dios para siempre.
Mas el alma tibia esta muy alejada de tales sentimientos. Los bienes y los males de la otra vida casi no le interesan: piensa en el cielo, es cierto, más sin desear verdaderamente alcanzarlo. Sabe que el pecado le cierra las puertas de la celestial mansión; a pesar de esto no procura corregirse, a lo menos de una manera eficaz; por eso se la encuentra siempre ser la misma. El demonio la engaña haciéndole formar muchos propósitos de convertirse, de obrar mejor en adelante, de ser mas mortificada, más reservada en sus palabras, más paciente en sus penas, más caritativa para con el prójimo. Pero nada de esto cambia sensiblemente su vida hace ya veinte años que se halla animada de buenos deseos, sin haber mejorado en nada sus costumbres. Se parece a una persona que sintiese deseos de pensar en cargo triunfal, más no se dignase ni tan solo levantar el pie para subir a el. No quisiera renunciar a los bienes eternos por los bienes terrenales; pero no desea ni abandonar la tierra, ni llegar al cielo, y si pudiese pasar esta vida sin penas ni tristezas, nunca pediría salir de este mundo. Si la oís quejarse de que esta vida es muy larga y despreciable, será porque las cosas no le andan como quisiera. Si el Señor, para forzarla en alguna manera a desligarse de esta villa, le envía penas y miserias, ya la tenemos inquieta, triste, abandonándose al llanto, a las quejas y muchas veces a una especie de desesperación. Parece coma si no quisiese reconocer que es Dios quien le envía esas pruebas para su bien, para hacerle perder la afición a esta vida y atraerla a Él.
¿Qué hizo ella para merecerlas?, piensa para si; otros mucho más culpables no se ven tan castigados.
En la prosperidad, no diremos que el alma tibia llegue a olvidarse de Dios, mas tampoco se olvida de si misma. Sabe referir muy bien todos cuantos medios empleo para salir con éxito; piensa que muchos otros no habrían logrado lo que ella logro; y se complace en repetirlo, y le gusta oírlo repetir; cuantas veces lo oye, experimenta una nueva sensación de alegría. Con aquellos que la lisonjean, toma un aire jovial; más con los que no le tuvieron el respeto que cree merecer, con los que no se mostraron agradecidos a sus favores, muestra siempre un gesto de frialdad e indiferencia, cual si continuamente les estuviese echando en cara su ingratitud. El buen cristiano, en cambio, lejos de creerse digno de algo Y capaz de la menor obra buena, solo tiene ante sus ojos la humana miseria. Desconfía de quienes le adulan, cual si fuesen lazos que el demonio le tiende; sus mejores amigos son aquellos que le dan a conocer sus defectos, pues sabe que, para enmendarse, es preciso conocerlos. En cuanto le es posible, hove las ocasiones de pecar: teniendo siempre presente que la más leve cosa es capaz de hacerle caer, no fía nunca en sus solos propósitos, en sus fuerzas, ni tan solo en su virtud. Conoce, por propia experiencia, que no es capaz de otra cosa que de pecar; pone toda su esperanza y toda su confianza en solo Dios. Sabe que el demonio a nadie teme tanto como al alma aficionada a la oración, y esto le mueve a hacer de su vida una oración continuada, mediante una íntima conversación con su Dios. Pensar en Dios le es cosa tan familiar como la respiración; con gran frecuencia levanta su corazón a lo alto: se complace en pensar en Dios como en su Padre, su amigo, su Señor que le ama tiernamente y desea con anhelo hacerle feliz en este mundo y aun más en el otro. En una palabra, hace consistir su felicidad en las penas y aflicciones, en la oración, el ayuno y la practica de la presencia de Dios. El alma tibia no pierde enteramente su confianza en Dios; pero no desconfía lo bastante de sí propio. Aunque se pone a menudo en ocasiones de pecar, piensa siempre que no va a caer. Si sobreviene la caída, la atribuye al prójimo y afirma que otra vez tendrá mayor firmeza.
Aquel que ama verdaderamente a Dios y pone el mayor interés en la salvación de su alma, toma todas las precauciones posibles pares evitar la ocasión de pecar. No se contenta con evitar las faltas graves, sino que pone gran diligencia en combatir las más leves culpas que en su conducta descubre. Considera siempre como un gran mal todo cuanto puede desagradar a Dios en lo más mínimo; mejor dicho, aborrece todo cuanto desagrada a Dios. Figurase como si estuviese al pie de una escalera, a cuya circa debe subir; ve que, para lograrlo, no hay tiempo que perder; por esto cada día adelanta de virtud en virtud hasta el momento de entrar en la eternidad. Aquí tenéis lo que hace el alma que trabaja por Dios y desea verle. Como el relámpago, no encuentra limites ni retrasos, hasta que llegue a sepultarse en el seno de su Creador. ¿Por que nuestro espíritu se traslada con tanta facilidad de una parte a otra del mundo? Para darnos a entender con cuanta rapidez debemos dirigirnos a Dios con nuestros pensamientos y deseos.
Mas no es este el amor de Dios del alma tibia.. No hallamos en ella esos deseos ardientes, ni esas llamas abrasadoras que nos hacen vencer todos cuantos obstáculos se oponen a la salvación. Para pintaros exactamente el estado del alma que vive en la tibieza, os diré que se parece a una tortuga o a un caracol. No anda, sino que se arrastra por la tierra, v apenas se la ve cambiar de sitio. El amor divino que siente en su corazón es semejante a una pequeña chispa de fuego, oculta en un montón de cenizas; ese amor se halla rodeado de tantos pensamientos y deseos terrenales, que, si no llegan a ahogarlo, impiden su incremento y poco a poco lo van extinguiendo. Cuando el alma tibia llega a este punto, permanece ya del todo indiferente ante tal pérdida. Su amor carece de ternura, de actividad, de energía, apenas capaz de mantenerla en la observancia de lo que es esencialmente necesario para salvarse; pero ella tiene por nada o muy poca cosa todo lo demás. ¡Ay!, el alma vive en su tibieza como una persona en el estado de somnolencia. Quisiera obrar, pero su voluntad está tan debilitada que no tiene ánimo ni fuerza para cumplir sus deseos (Prov., XXI, 25.).
Cierto que el cristiano que vive en la tibieza cumple aún con bastante regularidad sus deberes, a lo menos en apariencia. Todas las mañanas rezará arrodillado sus oraciones; recibirá los sacramentos por la Pascua y aun muchas otras veces durante el año mas todo ello con tanta displicencia, tanta dejadez y tanta indiferencia, con tal falta de preparación, con tan poca eficacia en el mejoramiento de su vida, que claramente se ve que cumple sus deberes sólo por hábito y por rutina; porque es tal fiesta yen ese día tiene la costumbre de practicar tal devoción. Sus confesiones y comuniones no serán sacrílegas, si queréis; pero son confesiones y comuniones sin fruto, las cuales, en vez de perfeccionarle a los ojos de Dios, le hacen aún más culpable. En cuanto a sus oraciones, sólo Dios sabe de qué manera son hechas: ¡ay! sin preparación. Por la mañana, no es de Dios de quien se ocupa, ni tampoco de la salvación de su alma, sino solamente de trabajar. Su espíritu está tan lleno de las cosas de la tierra, que no queda en él lugar para el pensamiento de Dios. Piensa en lo que hará durante el día, dónde enviará sus hijos o sus criados, de qué manera emprenderá tal o cual obra. Para rezar, se arrodilla, es verdad; mas no sabe ni lo que quiere pedir a Dios, ni lo que le es necesario, ni hasta delante de quién se halla; claramente lo delatan sus modales tan faltos de respeto. Viene a ser un pobre que, aunque miserable, no quiere nada, se complace en su pobreza. Es un enfermo casi desahuciado, que desprecia los médicos y los remedios, y se complace en su enfermedad. Veréis a esa alma tibia no tener reparo alguno en hablar durante el curso de sus oraciones, bajo cualquier pretexto; cualquier cosa se las hace abandonar, si bien pensando que las continuara más tarde. ¿Quiere ofrecer a Dios el día, rezar el benedicite, dar las gracias ? Todo eso practica, es verdad; pero muchas veces sin saber ni atender a quien habla. Quizá ni tan solo deja su trabajo. ¿Se trata de un hombre?, pues lo veréis entretenerse dando vueltas a su gorro o sombrero entre las manos, cual si mirase si es bueno o estropeado, cual si quisiera venderlo. ¿Se trata de una mujer?, pues rezara mientras corta el pan para la sopa, echa leña al fuego, o bien yendo a la zaga de sus hijos o de sus sirvientas. Las distracciones en la oración no serán del todo voluntarias, si queréis; preferiría no tenerlas; pero, como para apartarlas debe hacerse cierta violencia, las deja ir y venir libremente.
El alma tibia quizá no para el día del domingo trabajando en obras que los que tienen menos religión consideran como prohibidas; pero no tiene escrúpulo en remendar una prenda de ropa, en arreglar tal o cual cosa de uso domestico, en enviar los pastores al campo durante la hora de los oficios, bajo el pretexto de que tienen que dar de comer al ganado; prefiere dejar perecer su alma y la de sus trabajadores a dejar perecer las bestias. Si es un hombre, reparara sus herramientas o sus vehículos para el día siguiente; ira a visitar sus tierras, tapara un agujero, arreglara sus cuerdas, transportara cubos o los remendara. ¿Que os parece? ¿No es esto lo que sucede en realidad?
El alma tibia se confesara aun todos los meses y quizá más a menudo. Pero ¿que confesiones? Sin preparación, sin deseos de corregirse ; y si los concibe, son ellos tan débiles que el primer soplo los echa por tierra. Sus confesiones no son más que una repetición de las pasadas, y aun gracias que no tenga nada que añadir. Hace ya veinte años se acusaba de lo que se acusa hoy, dentro de veinte años, si aun se confiesa, repetirá lo mismo. El alma tibia no cometerá, si queréis, grandes pecados; pero, si se trata de una leve murmuración, de una mentira, de un sentimiento de odio, de aborrecimiento, de celos, de un pequeño disimulo, con facilidad los comete. Si no la respetáis cual cree ser merecedora, os lo echara en cara so pretexto de que con ello se ofende a Dios; pero mejor diría que es porque ella misma se siente ofendida.
Cierto que no dejara de frecuentar los sacramentos, más las disposiciones con que va a recibirlos inspiran lastima. Encierra a su Dios en una cárcel sucia y oscura, No le da muerte, pero le deja en su corazón sin alegría, sin consuelo; todas sus disposiciones delatan que aquella pobre alma no tiene más que un soplo de vida. Una vez recibida la Sagrada Comunión, el alma tibia casi no piensa en Dios más que los otros días. La manera de portarse nos da a entender que no se ha dado cuenta de la magnitud de su dicha.
La persona tibia reflexiona muy poco sobre el estado de su alma, y casi nunca vuelve la vista hacia el pasado; si le viene al pensamiento la necesidad de portarse mejor, cree que, una vez confesados sus pecados, debe permanecer perfectamente tranquila. Asiste a la Santa Misa casi como a un acto ordinario; no considera seriamente la alteza de aquel misterio, y no tiene inconveniente en conversar sobre cualquier cosa mientras se dirige al templo; quizá ni se le ocurrirá nunca pensar que va a participar del mas grande de los dones, que Dios, con ser Dios, pudo otorgarnos. Piensa ciertamente en las necesidades de su alma, pero con debilidad de espíritu; muchas veces se presenta ante su Dios sin saber siquiera lo que ha de pedirle. Durante los oficios, no quiere dormirse, es cierto, y hasta come que los demás lo adviertan; pero no se hace la menor violencia. Tampoco quisiera tener distracciones durante la oración o la Santa Misa; más, como ello implicaría cierta lucha, las tolera con paciencia, aunque no las desee. Los días de ayuno casi no los distingue, pues o bien adelanta la hora de la comida, o bien hace una abundante colación, casi equivalente a una cena, alegando el pretexto de que el cielo no se alcanza con hambre. Al practicar algunas buenas obras, a menudo su intención no es del todo pura: unas veces son para complacer a alguien, otras por compasión, otras hasta para agradar al mundo. Para los tales, todo cuanto no sea un grave pecado, resulta ya aceptable. Les gusta pacer el bien, pero no quieren hallar dificultades al practicarlo. Hasta les gustaría visitar a los enfermos, pero seria preciso que los enfermos viniesen a ellos. Tienen medios de hacer limosna, conocen a las personas que están necesitadas; pero esperan a que se la vengan a pedir, en vez de anticiparse, con lo cual sus obras serian doblemente meritorias. En una palabra, la persona que lleva una vida tibia no deja de practicar muchas buenas obras, de frecuentar los sacramentos, de asistir puntualmente a las funciones; más en todos sus actos veréis una fe débil, lánguida, una esperanza que a la menor prueba se viene abajo, un amor de Dios y del prójimo sin ardor y sin gusto; todo cuanto hace no resulta enteramente perdido, más poco le falta para ello.
Considerad ahora delante de Dios en que lado os halláis: ¿en el de los pecadores, que lo abandonaron ya todo, que no piensan ya en la salvación de su pobre alma, que se hunden en el pecado sin remordimiento alguno? ¿En el lado de las almas justas, que solo ven y buscan a Dios, que se inclinan siempre a pensar mal de si mismas y quedan en seguida convencidas cuando se les hace notar algún defecto suyo; que se creen siempre mil veces mas miserables de lo que opinan los demás, y tienen en nada todo cuanto hicieron hasta el presente? O bien, ¿pertenecéis al numero de aquellas almas perezosas, tibias e indiferentes, tal como acabamos de pintarlas? ¿Cual es el camino por donde andáis? ¿Quien podrá estar seguro de que no es ni pecador, ni tibio, sino de los escogidos? ¡Ay!, ¡cuantos parecen buenos cristianos a los ojos del mundo, más son tibios a los ojos de Dios, que lo ve todo y conoce nuestro interior!
II.-Pero, me diréis, ¿de que medios hemos de valernos para salir de tan miserable estado? – Si deseáis saberlo, atended un momento. Y, ante todo, debo advertiros que el que vive en la tibieza, en cierto sentido está más en peligro que aquel que vive en pecado mortal; y que las consecuencias de un tal estado son acaso más funestas. He aquí la prueba. El pecador que no cumple el precepto pascual, o que ha contraído hábitos malos o criminales, lamentase, de vez en cuando, del estado en que vive, en el cual está resuelto a no morir; desea salir del mismo, y un día llegara a hacerlo. Mas el alma que vive en la tibieza, no piensa en salir de ella, pues cree estar bien con Dios.
¿Que habremos de concluir de esto? Vedlo aquí. Esa alma tibia viene a ser un objeto insípido, insustancial, desagradable a los ojos de Dios, quien acaba por vomitarlo de su boca; o sea acaba por maldecirlo y reprobarlo. ¡Oh Dios mío, a cuantas almas pierde ese estado! Si queréis hacer que un alma tibia salga de su estado, os contestará que no pretende ser santa; que, con tal de entrar en el cielo, ya tiene bastante. No pretendes ser Santo, y no consideras que solo los santos llegan al cielo. O ser Santo, o réprobo: no hay termino medio.
¿Queréis salir de la tibieza? Llegaos frecuentemente a la puerta de los abismos, en donde se oyen los gritos y los alaridos de los réprobos, y podréis formaros idea de los tormentos que experimentan por haber vivido tibiamente y con negligencia respecto al negocio de su salvación. Levantad vuestros pensamientos hacia el cielo, y considerad cual sea la gloria de los santos por haber luchado y por haberse violentado mientras estaban en la tierra. Mirad lo que hicieron para merecer el cielo. Mirad que respeto sentían por la presencia de Dios; que devoción en sus oraciones, las cuales no cesaban en toda su vida. Mirad su valentía en combatir las tentaciones del demonio. Ved con que gusto perdonaban y hasta favorecían a los que los perseguían, difamaban o les deseaban mal. Mirad su humildad, el desprecio de si mismos, el gusto con que se veían despreciados, y el terror con que miraban las alabanzas y la estimación del mundo. Mirad con que atención evitaban los más leves pecados, y cuán copiosas lagrimas derramaban por sus culpas pasadas. Mirad que pureza de intención en todas sus buenas obras: no tenían otra mira que Dios, solo deseaban agradar a Dios. ¿Que más os diré? Mirad aquella muchedumbre de mártires que no pueden hartarse de sufrimientos, que suben a los cadalsos con mayor alegría que los reyes al trono. Terminemos. No hay estado más terrible que el de aquella persona que vive en la tibieza, pues antes se convertirá un gran pecados que un tibio. Si nos hallamos en tal estado, pidamos a Dios, de todo corazón, la gracia de salir de é1, para emprender el camino que todos los santos siguieron y así poder llegar a la felicidad de que ellos disfrutan.
[caption id="attachment_456" align="aligncenter" width="225" caption="FOTO DE UN PEREGRINO, DEL 7/11/08, EN LA QUE EN EL ROSTRO DE LA VIRGEN APARECE TAMBIÉN REFLEJADO EL ROSTRO DE JESÚS."][/caption]
El pasado 21 de julio, con absoluta sencillez, un grupo de peregrinos, servidores, misioneros de María del Espíritu Santo y del cenáculo, compartimos una breve procesión por la Plaza y un Rosario meditado.
Hemos rezado a la Madre, para que interceda ante el Señor por las intenciones de cada uno, por nuestro país, por la Iglesia toda y por todos los que no pudieron ir para que nuestros corazones se conviertan cada día, llenándonos del Espíritu Santo y pidiendo que nunca nos alejemos de Él : única y verdadera fuente de salvación.
Nos pidieron especiales oraciones, que les compartimos para que nos ayuden a orar, por dos niños: Elías y Angel, con problemas de salud.
Nos preparamos espiritualmente para el 7 de agosto, que será sábado y la Plaza se colmará de peregrinos, día en que María del Espíritu Santo de Lanús, desciende tan especialmente en la Plaza, para llenar nuestros sentidos de su fragancia.
Desde 1999 Santa María del Espíritu Santo se hace presente a Marcia, una joven de Lanús (Buenos Aires-Argenina).
Muchas vidas han cambiado gracias a la intercesión de la Virgen en este lugar.
Nuestra Madre nos espera en la Plaza Auyero de Lanús Este (Buenos Aires), sitio que llamó "Lugar de Encuentro con Dios", todos los días miércoles, viernes a las 17 hs., y cada día 7, para derramar una lluvia de gracias.
Cada día 7, a las 16 hs., se celebra la Santa Misa, y a su término rezamos la oración que más le gusta a Ella, el Santo Rosario. Es conveniente llegar a las 15 hs.
Cristo agonizante hecha a pedido de la Virgen y Jesús
Oración a la Virgen de Lanús
¡Oh María Inmaculada! Vos que habéis hallado Gracia ante los ojos del Altísimo y habéis concebido al Hijo de Dios en vuestro seno Purísimo por el Espíritu Santo. Rogad por nosotros a fin que podamos imitar vuestras virtudes.
Interceded para que Dios nos envíe el Espíritu Santo y purifique nuestros manchados corazones y nos llene de alegría, amor y paz, y podamos ser antorchas encendidas que proclamemos la palabra vivificadora a todos nuestros hermanos.
Rogad por nuestras familias, y para que cada uno de nosotros tenga un corazón humilde como el vuestro, y tengamos a vuestro Hijo Jesús, como Rey de nuestra vida. Madre, que quisiste venir a nosotros y ser llamada Santa María del Espíritu Santo, ayúdanos a que nuestra conversión crezca cada vez más para Gloria de nuestro Buen Dios. Amén.