19 enero 2010

¿Por qué creer en la Virgen María?

Así como el apóstol San Juan, por encargo de Jesucristo al pie de la cruz, se llevó a la Virgen María a su casa, de la misma manera no existe un hogar católico donde sus moradores no hospeden en él a la Madre de Dios: La Virgen María. Simbolizando esta acción al tener en su casa la hermosa imagen de Ella en alguna de las muchas advocaciones con que se le aclama y recurre a su valiosa intercesión con infinidad de títulos.
Ante el fervor mariano de la fe católica, se presenta por otra parte, el afán de infinidad de sectas para acabar con él. Debemos aclarar el término “sectas” puesto es habitualmente mal usado e interpretado. Etimológicamente secta viene de sectare que en latín significa cortar, desgajar. De allí que, ante todo, se aplique tanto a personas o doctrinas que se han separado de una raíz o un cauce madre. Encontramos estas dos acepciones reconocidas por la Real Academia Española: «conjunto de seguidores de una parcialidad religiosa o ideológica» y «doctrina religiosa o ideológica que se diferencia e independiza de otra». Todo cuanto se desgaja de algo (de un grupo de personas o de un conjunto doctrinal), es algo «sectario». En tal sentido, la expresión «secta» no tiene un sentido necesariamente negativo, como no sería necesariamente positiva la realidad de la que se ha separado. Aristóteles se separa de las doctrinas de Platón, conservando algunas ideas del maestro pero desarrollándolas en otro sistema filosófico.
Pero hay una acepción del término «secta» que ha ido imponiéndose en las últimas décadas y que si bien se deriva de su sentido etimológico, implica, sin embargo, una restricción del mismo. Según este nuevo uso, el término «secta» designa puntual y exclusivamente, como dice Manuel Guerra Gómez, a «un grupo autónomo, no cristiano, fanáticamente proselitista, exaltador del esfuerzo personal, expectante de un inminente cambio maravilloso, ya colectivo (de la humanidad), ya individual (o del “hombre” en una especie de “superhombre”)». Ésta es la idea de secta que subyace en varios documentos pontificios. En este último sentido, que es el que debemos utilizar hoy en día para que nuestro lenguaje no navegue impunemente por las aguas de la ambigüedad, una secta es un grupo, generalmente pequeño con cinco características:
Es autónomo: o sea, independiente, no integrado de manera vinculante en una realidad o institución más amplia, cuyas decisiones deba acatar. Puede estar vinculado a un grupo más amplio; en tal caso, será una secta siempre y cuando lo sea la institución a la que se vincula. Al decir «autónomo» entendemos que ejerce esa autonomía en todas las dimensiones de la vida de sus adeptos: en la doctrina, en las normas morales y en la organización. Es precisamente dicha autonomía total respecto de cualquier otra entidad, la que explica que la autoridad del líder sea, a menudo, incuestionable e incluso despótica, y que abunden los cambios de doctrina en materias importantes.
Es «no católico»: aunque muchas de ellas se presenten con tal apariencia, ya sea porque hablan de Jesucristo o porque usan la Biblia. A una secta verdaderamente como tal no podemos considerarla católica: a) porque no admite el mínimo dogmático requerido para serlo; b) además porque, aún admitiendo y usando la Biblia (por ejemplo los Testigos de Jehová y los Mormones), también sostienen que la revelación sigue abierta al menos hasta la muerte de su fundador y no pocas hasta su director actual, o sea, indefinidamente; c) en fin, muchas de estas sectas o marginan la Biblia, que queda convertida en uno de tantos libros de índole religiosa, o, aunque le den un valor o autoridad especial, ésta es inferior al de los libros del fundador/a de la secta.
Es fanáticamente proselitista: El Papa Juan Pablo II ha explicado: «La palabra “proselitismo” tiene un sentido negativo cuando refleja un modo de ganar adeptos no respetuoso de la libertad de aquellos a quienes se dirige una determinada propaganda religiosa». Y tal es la característica de estos movimientos religiosos: «Entre las características más sobresalientes de tales movimientos y sectas merecen citarse el proselitismo y el fanatismo religioso».
Es exaltador del esfuerzo personal: En las sectas todo es obra del esfuerzo de los adeptos con la ayuda del grupo, pero sin la gracia divina. Y espera un inminente cambio maravilloso, ya colectivo, ya individual: «Las sectas, dice Guerra Gómez, dan por supuesto que la humanidad de nuestro tiempo se halla en un período de decadencia, especie de Edad de Hierro de las mitologías de los pueblos indoeuropeos. El inminente cambio colectivo puede ser de naturaleza: a) apocalíptica: fin del mundo (Testigos de Jehová, Misión Rama, iglesia universal y triunfante, iglesia universal de Dios, etc.), catastrófica aunque sin fin del mundo (final de cada ciclo cósmico: harekrisnitas, etc., y demás sectas de origen hindú, también las budistas, etc.; guerra nuclear: mormonismo, etc.): b) utópica, bucólica o advenimiento de una nueva era, al modo de la mitológica Edad de Oro: Era Acuario (Nueva Era, Escuela arcana, Buena voluntad mundial, etc.), Nuevo Orden (masonería, etc.); el paso a un paraíso extraterrestre (sectas ufónicas: Misión Rama, Puerta del Cielo, etc.)». «El cambio maravilloso individual suele consistir en la transformación del “hombre” en una especie de “superhombre”. Es, de ordinario, la aspiración de las sectas “desacralizadas, esotéricas, etc.”, así como de los métodos llamados del potencial humano: Dianética (vinculada a la iglesia de la cienciología), Meditación trascendental, Método Silva del control mental, Instituto Arica, I AM/YO SOY (Nueva Era), yoga (hinduismo y sus sectas), zen (budismo), etcétera. Lo peligroso de esta transformación psicológica radica en que cada uno debe actuar según su conciencia, aunque sea errónea. Y lógicamente el que se cree “superhombre” no puede no mirar con conmiseración a los simples “hombres”, a los cuales forzará a aceptar de grado o por fuerza sus deseos de superdotado».
El uso del término «secta» por parte de presuntos «sectólogos» no es otra cosa que un abuso verbal, fruto o de la malicia de sus labios o de la debilidad de sus neuronas. Y hacen, en definitiva, un flaco servicio a la auténtica prevención del fenómeno sectario, del que, con mayor tino e intención dijo Juan Pablo II: «Los avances proselitistas de las sectas y de los nuevos grupos religiosos en América no pueden contemplarse con indiferencia. Exigen de la Iglesia en este continente un profundo estudio, que se ha de realizar en cada nación y también a nivel internacional, para descubrir los motivos por los que no pocos católicos abandonan la Iglesia. A la luz de sus conclusiones será oportuno hacer una revisión de los métodos pastorales empleados, de modo que cada Iglesia particular ofrezca a los fieles una atención religiosa más personalizada, consolide las estructuras de comunión y misión, y use las posibilidades evangelizadoras que brinda una religiosidad popular purificada, a fin de hacer más viva la fe de todos los católicos en Jesucristo, por la oración y la meditación de la palabra de Dios».
Así consideramos secta a todo grupo que se separe de las principales religiones (el cristianismo, el judaísmo, budismo, islamismo y el hinduismo) en sus formas ortodoxas.

Todos los sectarios conocen que la devoción de nuestro pueblo a la Virgen María es una de las barreras más difíciles de derribar. Ellos conocen que todo aquel católico que abandona su veneración a nuestra Madre del Cielo, ya fácilmente se incorporará a esos grupos destructivos. He aquí la razón por la cual, los sectarios no descansan en tratar de destruir toda devoción a la Virgen María entre los católicos.
Existen las ideas erróneas acerca de lo que el protestantismo histórico y las sectas cristianas y seudocristianas aceptan acerca de la Virgen María. Generalmente un católico del tipo ya mencionado, para salir de paso, únicamente se concreta a decir: " es que ellos (los no católicos) no creen en la Virgen María "; por lo tanto es necesario, reflexionar qué es lo que "creen" acerca de la Virgen María los miembros de las denominaciones ya citadas.
La gran mayoría de las serias Iglesias del protestantismo histórico, como la luterana, anglicana, etc., sí aceptan que la Virgen María es la Madre de Dios. Lutero hasta el fin de su vida así lo proclamó y nunca dejó de venerarla con la oración del Magnificat. En estas iglesias actualmente hay esfuerzos en sus miembros para restablecer el culto de veneración a la Virgen María dentro de sus templos y algunos anglicanos han realizado hasta peregrinaciones a famosos santuarios como el de Lourdes en Francia.
El literato protestante Max Yunnickel ha confesado : " Hace mucho frio en la Iglesia Luterana. Tenemos que calentarla un poco. ¿Cómo? Trayendo una Madre: María… volvamos a los cánticos a María, adornemos nuestras Iglesias con las flores del campo. Hagamos fiestas, como por la vuelta de una Madre, porque una Madre ha reaparecido en nuestra Iglesia… María llena de gracia, yo te saludo".

El panorama que se vislumbra en el protestantismo histórico sobre el restablecimiento del culto a la Virgen María es muy alentador, en cambio, en las sectas es todo lo contrario.
Mientras que relevantes líderes o pastores del ambiente antes citado realizan grandes avances en diálogos doctrinales con representantes de la Iglesia Católica, tristemente por otra parte, no existe la misma disposición en las denominaciones nacidas del protestantismo histórico, mucho menos en las sectas de muy reciente aparición. Como prueba de lo anterior, transcribo lo que al respecto dice el téologo bautista Emilio Antonio Núñez en el folleto "La Iglesia Evangélica frente al nuevo catolicismo", pag. 11. Desalentando la labor ecuménica nacida del Vaticano II, el teólogo Núñez advierte a los miembros de su fe los siguientes "riesgos" en dicha labor, contra la fe evangélica como él la concibe: después de inconformarse por varias doctrinas católicas, como el Primado de S. Pedro, el Purgatorio, la Tradición, etc. sobre la Virgen María dice:
"María se halla aún en su trono como la Madre de Dios y la mediadora de toda gracia, los dogmas de la Inmaculada Concepción y la Asunción quedan inalterables…".
Con la breve referencia anterior, podermos darnos cuenta en que "no creen" sobre la Virgen María las sectas que salieron del protestantismo histórico.
Siendo imposible para las sectas destruir la inmensa relevancia que en la Biblia tiene la Virgen María, para con esto acabar la muy conocida veneración a ella que tiene nuestra fe católica y así después destruir este baluarte que impide el que muchos católicos pasen a grupos destructivos, afanosamente dedican gran esfuerzo en devaluarla a un plano muy inferior o mínimo, para que la labor tan importante que Ella tiene después de su Hijo Jesús en la historia de la salvación, pase desapercibida y en algunas sectas hasta se logre en sus adeptos el rechazo total a la Madre de Dios.
En la gran mayoría de las sectas únicamente se reconoce a la Virgen María como la Madre de Jesús el hombre, por lo tanto no la consideran como Madre de Dios. Al negarle este hermoso título, que es el origen de todos los demás con que la proclama nuestra fe, lógicamente para los sectarios la Virgen María no fue Inmaculada en su nacimiento, ni fue llevada al Cielo en cuerpo y alma, ni tampoco podemos invocarla, porque está muerta y su cuerpo corrompido en el sepulcro, y aún más: para ellos no es la siempre Virgen María como la menciona la antiquísima tradición cristiana, muchos menos nuestra Madre espiritual y Abogada nuestra ante su Hijo Jesús, el único Mediador entre Dios y los Hombres.
Reflexionando en lo anterior, podemos ver el inmenso abismo que existe entre lo que “creen” los sectarios acerca de la Virgen María y lo que nosotros los católicos proclamamos acerca de Ella en nuestra fe. Cada vez que ante nosotros alguien trate de socavar la devoción a la Virgen María en nuestras comunidades parroquiales, encomendando nuestras acciones a Dios nuestro Padre, proclamemos ante quien sea necesario lo siguiente: Santa Isabel llama a la Virgen María “la Madre de mi Señor”, Lc 1,45; es decir, “Madre de Dios” ¿o estás tú más inspirado que santa Isabel al negarle a la Virgen María ese título?
Muchos sectarios creen firmemente que ya en breve van a ser “arrebatados” por los aires en cuerpo y alma al encuentro de Jesús. ¿Cómo entonces no crees que la Virgen María haya sido llevada mejor que Tú ante su Hijo en cuerpo y alma al Cielo? Si Cristo prometió que quien venciera se sentaría con El en su trono celestial Ap. 3,21 ¿le negará esto a su Madre? La carne y sangre que tomó el Verbo al adquirir la naturaleza humana provino de la Virgen María y ahora el cuerpo de Jesús en estado glorioso está en el cielo. ¿Por qué no puedes creer lo mismo del cuerpo de la Virgen María, origen del cuerpo del Verbo Encarnado?
Todos los cristianos no católicos están seguros que según la promesa de Jesús “ellos reinarán con El en el cielo” 2 Tim. 2,12; ¿cómo entonces no puedes aceptar que la Virgen María sea la Reina del Cielo? ¿O tienes mayor dignidad ante Jesús que Ella?.
Saluda el Ángel Gabriel a la Virgen llamándola “llena de gracia” Lc 1,27. Los sectarios replican: “también a Esteban se le llama “lleno de gracia” Hch 6,8; pero observemos que aquí el término hace las veces de un adjetivo calificativo y en cambio, en el caso de la Virgen María a más de eso, la definición “llena de gracia” realiza la función de un pronombre. El Ángel no le llama por su nombre María, sino “llena de gracia”, con esto sabemos que Ella es en sí misma la “llena de gracia por excelencia”.
Si la Virgen María es la llena de gracia, no es posible que ni por un instante hubiese estado en poder de Satanás por el pecado; si así fuera, en tal caso la Biblia no podría considerarla en si misma “llena o plena de gracia” sino la mencionaría con un calificativo inferior. La Sagrada Escritura la asegura a Ella que “el Señor está contigo” Lc 1,28. No es creíble que también el Demonio aunque fuera por un breve momento estuviera con Ella por medio del pecado. Por esta y otras razones, los católicos la reconocemos como la “Inmaculada Concepción”.
Las sectas no desaprovechan ocasión para señalar situaciones torcidas respecto a devociones mal entendidas, que por falta de evangelización existen en algunas personas que se consideran católicas; en realidad estos católicos sin mucha formación, practican acciones muy alejadas de lo que es la recta veneración a la Virgen María. Siempre que esté a nuestro alcance, cuando esto ocurra, procuremos dentro de nuestras posibilidades, alertar a quienes las realizan consciente o inconscientemente a corregirlas y así no dar motivos de escándalo a los enemigos de nuestra fe, que de inmediato las utilizan a favor de su proselitismo sectario.
Luis María Grignion de Montfort en “El Secreto de María” habla de la necesidad de una verdadera devoción a la Virgen María, y en parte de su fundamentación dice: “Lo que de ti quiere Dios, alma que eres su imagen viva, comprada con la sangre de Jesucristo, es que llegues a ser santa, como Él, en esta vida, y glorificada, como Él, en la otra. Tu vocación cierta es adquirir la santidad divina; y todos tus pensamientos, palabras y obras, tus sufrimientos, los movimientos todos de tu vida a eso se deben dirigir. No resistas a Dios, dejando de hacer aquello para que te ha criado y hasta ahora te conserva.
… Y tú, alma, ¿cómo lo conseguirás? ¿Qué medios vas a escoger para levantarte a la perfección a que Dios te llama? Los medios de salvación y santificación son de todos conocidos, señalados están en el Evangelio, explicados por los maestros de la vida espiritual, practicados por los santos. Todo el que quiera salvarse y llegar a ser perfecto necesita humildad de corazón, oración continua, mortificación universal, abandono en la Divina Providencia y conformidad con la voluntad de Dios.
Para hallar la gracia de Dios hay que hallar a María.
Todo se reduce, pues, a hallar un medio fácil con que consigamos de Dios la gracia necesaria para ser santos, y éste es el que te voy a enseñar. Digo, pues, que para hallar esta gracia de Dios hay que hallar a María.

Porque:

1) Sólo Maria es la que ha hallado gracia delante de Dios, ya para sí, ya para todos y cada uno de los hombres en particular; que ni los patriarcas, ni los profetas, ni todos los santos de la ley antigua pudieron hallarla.

2) Ella es la que al Autor de toda gracia dio el ser y la vida, y por eso se la llama Mater gratiae, Madre de la gracia.

3) Dios Padre, de quien todo don perfecto y toda gracia desciende como fuente esencial, dándole al Hijo, le dio todas las gracias; de suerte que, como dice San Bernardo, se le ha dado en él y con él la voluntad de Dios.


4) Dios la ha escogido por tesorera, administradora y dispensadora de todas las gracias, de suerte que todas las gracias y dones pasan por sus manos y conforme al poder que ha recibido (según San Bernardino) reparte Ella a quien quiere, como quiere, cuando quiere y cuanto quiere, las gracias del Eterno Padre, las virtudes de Jesucristo y los dones del Espíritu Santo.

5) Así como en el orden de la naturaleza es necesario que tenga el niño padre y madre, así en el orden de la gracia es necesario que el verdadero hijo de la Iglesia tenga por Padre a Dios y a María por Madre; y el que se jacte de tener a Dios por padre, sin la ternura de verdadero hijo para con María, engañador es, que no tiene más padre que el demonio.

6) Puesto que María ha formado la Cabeza de los predestinados, Jesucristo, tócale a Ella el formar los miembros de esa Cabeza, los verdaderos cristianos: que no forman las madres cabezas sin miembros, ni miembros sin cabeza. Quien quiera, pues, ser miembro de Jesucristo, lleno de gracia y de verdad, debe formarse en María, mediante la gracia de Jesucristo, que en ella plenamente reside, para de lleno comunicarse a los verdaderos miembros de Jesucristo, que son verdaderos hijos de María.

7) El Espíritu Santo, que se desposó con María, y en Ella, por Ella y de Ella, produjo su obra maestra, el Verbo encarnado Jesucristo, como jamás la ha repudiado continúa produciendo todos los días en Ella y por Ella a los predestinados, por verdadero aunque misterioso modo.


8) María ha recibido de Dios particular dominio sobre las almas, para alimentarlas y hacerlas crecer en Él. Aun llega a decir San Agustín que en este mundo los predestinados todos están encerrados en el seno de María, y que no salen a la luz hasta que esta buena Madre les conduce a la vida eterna. Por consiguiente, así como el niño saca todo su alimento de la madre, que se lo da proporcionado a su debilidad, así los predestinados sacan todo su alimento espiritual y toda su fuerza de María.

9) María es a quien ha dicho el Padre: "in Jacob inhabita", hija mía, mora en Jacob, es decir, en mis predestinados, figurados por Jacob; María es a quien ha dicho el Hijo: "in Israel haereditare", hereda en Israel, madre querida, es decir, en los predestinados; María es, al fin, a quien ha dicho el Espíritu Santo: "in electis meis mitte radices", arraiga fiel esposa, en mis elegidos. Quienquiera, pues, que sea elegido o predestinado, tiene a María por moradora de su casa, es decir, de su alma y la deja echar raíces de humildad profunda, de caridad ardiente y de todas las virtudes.

10) Molde viviente de Dios, forma Dei, llama San Agustín a María y, en efecto, lo es. Quiero decir que en Ella sola se formó Dios hombre, al natural, sin que rasgo alguno de divinidad le faltara; y en Ella sola también puede formarse el hombre en Dios, al natural, en cuanto es capaz de ello la naturaleza humana, con la gracia de Jesucristo…

11)¡Oh alma querida, cuánto va del alma formada en Jesucristo, por los medios ordinarios de la que, como los escultores, se fía de su pericia, y se apoya en su industria, al alma bien tratable, bien desligada, bien fundida, que sin estribar en sí, se mete dentro de María y se deja manejar allí por la acción del Espíritu Santo! …

12) No hay ni habrá jamás criatura, sin exceptuar bienaventurados, ni querubines, ni serafines de los más altos en el mismo cielo, en que Dios sea más grande que en la divina María. María es el paraíso de Dios y su mundo inefable, donde el Hijo de Dios entró para hacer maravillas, para guardarle y tener en él sus complacencias. Un mundo hecho para el hombre peregrino, que es la tierra que habitamos; otro mundo para el hombre bienaventurado, que es el paraíso. Mas para sí mismo, ha hecho otro mundo y lo ha llamado María, mundo desconocido a casi todos los mortales de la tierra, e incomprensible a los ángeles y bienaventurados del cielo, que admirados de ver a Dios tan elevado y lejano, tan escondido en su mundo que es la divina María, claman sin cesar: "Santo, Santo, Santo".

13) Feliz y mil veces feliz es en la tierra el alma a quien el Espíritu Santo revela el secreto de María para que lo conozca, a quien abre este huerto cerrado, para que en él entre, y esta fuente sellada para que de ella saque el agua viva de la gracia y beba en larga vena de su corriente. Esta alma hallará a Dios sólo, sin las criaturas, en esta amabilísima criatura, a Dios, a la vez, infinitamente santo y sublime, e infinitamente condescendiente y al alcance de nuestra debilidad. Puesto que en todas partes está Dios, en todas, hasta en los infiernos, se le puede hallar: pero no hay sitio en que la criatura encontrarle pueda tan cerca y tan al alcance de su debilidad como en María, pues para eso bajó a ella. En todas partes es el Pan de los fuertes y de los ángeles, pero en María es el Pan de los niños.

Nadie, pues, se imagine, como algunos falsos iluminados, que María, por ser criatura, es impedimento para la unión con el Creador. No es ya María quien vive, es Jesucristo sólo, es Dios sólo quien vive en ella.

Sólo para Dios nació María, y tan lejos está de ¡retener! consigo a las almas que, por el contrario, hace que remonten hasta Dios su vuelo, y tanto más perfectamente las une con él, cuanto con ella están más unidas. María es eco admirable de Dios, que cuando se grita: María! no responde más que Dios; y cuando con Santa Isabel se la saluda bienaventurada, no hace más que engrandecer a Dios. Si los falsos iluminados, de quienes tan miserablemente ha abusado el demonio, hasta en la oración, hubieran sabido hallar a María y por María a Jesús y por Jesús a Dios, no hubieran dado tan terribles caídas. Una vez que se ha encontrado a María, y por María a Jesús y por Jesús a Dios Padre, se ha encontrado todo bien, como dicen las almas santas. Quien dice todo, nada exceptúa: toda gracia y amistad cerca de Dios, toda seguridad contra los enemigos de Dios, toda verdad contra la mentira, toda facilidad para vencer las dificultades en el camino de la salvación, toda dulzura y gozo en las amarguras de la vida.”

Como conclusión, cada vez que invoquemos a nuestra Madre Bendita La Virgen María, suplicándole que ruegue por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, tengamos también presente el consejo que Ella nos dio acerca de que escuchemos a su Hijo Jesús: “Hagan lo que El les diga” Jn 2,5.